jueves, 23 de diciembre de 2010

Navidad



La reciente lectura  de las cartas que escribía cuando niña a Santa Clós y a los Reyes Magos me ha sumergido en un tortuoso y dulce viaje de recuerdos. Durante la penosa tarea de comenzar a repartir los documentos, las fotos y las cartas que mi mamá meticulosamente guardó toda la vida, me topé con esos escritos. Los primeros fueron redactados por alguno de mis siete hermanos mayores, pero ya a partir de los cinco o seis años es indiscutible que la letra y el urgente tono son míos.

El ejercicio de releerlas me ayudó aclarar un misterio: ¿Por qué el 25 de diciembre y el 6 de enero ya no son lo mismo desde que abandoné el hogar familiar? ¿Por qué me sumía en la melancolía esos días que amanecía sola o, años más tarde, con mi esposo e hijos? ¿Por que la algarabía de ver a nuestros hijos abrir sus regalos con regocijo y expectativa no son  suficientes para llenar ese vacío?

La lectura de las cartas amarillentas y manoseadas fue reveladora y confieso que no pude aguantar el que una que otra lágrima se entremezclara entre el torbellino de recuerdos. A cada carta la envuelve la magia que sólo logra una ilusión y una esperanza que se abriga por doce meses. Cada pedido en la lista es meticuloso y calculado, el resultado de meses en espera por la oportunidad única de poder obtener algunas de las cosas materiales que en nuestra hermosa familia de diez hermanos eran consideradas no esenciales. La lista para Santa Clós daba rienda suelta a los sueños, mientras que la de los Reyes recopilaba cosas necesarias para el próximo semestre escolar, como un par de zapatos y utensilios escolares. Al igual que para muchas otras familias, en aquel entonces la prioridad era una buena educación privada complementada con el acceso a la buena lectura y a vivir con la consciencia de que, no importara la estrechez económica, éramos  afortunados en un país mayoritariamente pobre y, por lo tanto, teníamos una  responsabilidad patriótica de aportar de lo poco que teníamos a nuestra comunidad.

 De adulta no cesa de sorprender cómo mis padres lograban complacernos a todos con nuestros deseos, a pesar de los múltiples e interminables retos económicos durante el año. Hubo veces que mis hermanas menores y yo añadíamos el día antes uno o dos pedidos y estos no faltaban. Ahora me sonrojo al ver que las cartas especificaban a Santa Clós en cuál de las sillas de la sala queríamos recibir los regalos, con la esperanza de que mientras más grande fuera, mayor sería la  cantidad de regalos. (Yo siempre reservaba el sofá de pajilla de la sala).

Para las tres más pequeñas era tradición el 25 de diciembre bajar al mismo tiempo, ataviadas con las pijamas de navidad que mi mamá confeccionaba todos los años, para cada una contar la cantidad de regalos para asegurarnos que a una no le dejaban más que a las otras. (La tradición continúa con mis hijos). Siempre nos acercábamos a la mesa grande del comedor para confirmar que los mágicos señores no habían olvidado a nuestros primos, y se habían despachado el arroz con dulce, o las galletas que le horneamos el día anterior, con el coquito para Santa, y el anís para los Reyes. La yerba desparramada de los camellos no faltaba el 6 de enero y aparecía hasta en sitios tan insólitos como la bañera o el inodoro, lo cual detonaba fantasiosas teorías. En el gigante nacimiento por fin aparecía la figura del niño Jesús, y en el árbol docenas de bastoncitos de menta colocados por los visitantes nocturnos. Ese día, al igual que el domingo de Pascuas, se rompía la prohibición de no comer dulces en la mañana y hurgábamos dentro de las medias navideñas, hechas por mi mamá, para encontrar los chocolates disfrazados de santas y muñecos de nieve.

Con la lectura de las cartas navideñas he descubierto que mi entusiasmo por la lectura comenzó desde pequeña, pues no faltaba el pedido de libros de cuentos en las primeras líneas. Igual mi pasión por hilvanar historias que se ven en el deseo de abonar a mi colección de Barbies con otros personajes, incluso varios Kens, y artículos como el camión de acampar y el traje de flamenco. Sale a relucir mi deseo oculto de ser cantante al pedir un año una guitarra y un cancionero.


Aún recuerdo el día en mi sexto grado cuando una compañera de colegio comenzó a sembrar dudas sobre la existencia de estos seres mágicos. No lo podía creer, pues no me cuadraba que nuestros padres pudieran costear el anual derroche de regalos y ocultar con tanta maestría toda esta fantasía. Alertada por uno de mis hermanos mayores que el dudar impactaría la cantidad de regalos, no me atreví cuestionar.

El peso de esta maravillosa celebración no lo sentí hasta mi primera Navidad sola cuando no pude viajar a mi país a celebrarlo en familia. Sí hubo regalos en el árbol pero algo faltaba. Cuando comencé a trabajar, el sentimiento ya no era el mismo aún con la capacidad de llenar todos los muebles de la sala con numerosos antojos y caprichos. El encanto había desparecido.

Indudable es el poder inmortal que ejerce la combinación de la ilusión y la larga espera, espera que en aquellos años se nos hacía eterna. La conmoción que generaban las sorpresas los días 25 y 6 perduraba la mayor parte del año y abonaba al sentimiento de que existe una estrecha relación entre la perseverancia y la esperanza. Este 25 tendré las cartas a mi lado por si una vez más me asaltan la melancolía y la tristeza.