domingo, 28 de noviembre de 2010

Ver

Era el día de los abuelos en su colegio y, ante la ausencia de los suyos,  la chica de la casa invitó a dos de sus queridas tías a la actividad escolar. Lo que quizás no se imaginaban era que ese día iba a ser igual de memorable para su madre, aunque no estuviera allí.

En el salón de clases, frente a los abuelos invitados, la maestra de inglés pidió a cada estudiante de séptimo grado que leyera una frase o lección que aprendió de sus abuelos. Comenzó la sarta de frases de próceres de todas las nacionalidades habidas y por haber, además de los proverbios espirituales. Ghandi, Martin Luther King, Hellen Keller, John F. Kennedy, José Martí y Simón Bolívar hicieron su debida aparición y contribución. Hasta que llegó el turno de mi chica de la casa y, a  preguntas de la maestra de cuál enseñanza iba a compartir, ni corta ni perezosa la chica recitó: What you see is what you get (Lo que ves es lo que obtienes).

Sin poder contener su risa, mis hermanas me contaron horas más tarde que el salón de clases ya no fue el mismo, asaltado por las respetuosas carcajadas de los presentes. Cuando a la chica, divertida y orgullosa por la conmoción que creó, le preguntaron quién le enseñó esa filosófica frase, para alivio de sus ruborizadas tías, contestó sin titubeos: “Mi mamá”.

Ni se imaginan lo orgullosa que me sentí con su osada hazaña, aunque hubiese deseado que le asignara esa lección a una de sus tantas maravillosas titis por el lado materno y paterno. La verdad es que la frase es mi mantra y la que cito en mi cuenta de Facebook. Y la noche anterior, cuando la chica me preguntó por ejemplos de frases memorables,  riposté (sin pensarlo mucho, pues estaba loca por concluir la sesión diaria de asignaciones para ir a ver un programa de televisión) what you see is what you get.

La anécdota me hizo pensar que ojalá yo hubiese tenido las agallas a esa edad de decir con tal seguridad lo orgullosa de ser quien soy. Veo a la chica y reflexiono en que no soy la madre más paciente, la mejor cocinera, la alternativa más adecuada para estudiar con ella, pero algo debo haber hecho bien, junto al medio mangó, pues tanto ella como el chico tienen a su disposición  herramientas que muchos de mi generación no tuvimos a sus edades. No dudo que yo a su edad hubiese citado como papagayo a uno de los próceres. Aún recuerdo, por ejemplo, como, durante mi temprana adolescencia, no me atrevía decir que era fanática de cantantes como Sandro, Rafael, Julio iglesias, Rocío Durcal y Marisol; ávida lectora de Agatha Cristie, Enid Blighton, fanática de Mafalda y del Chavo del Ocho, y que aún me gustaba a escondidas hilvanar fantasiosas historias con mis Barbies.

  Fueron muchos los años y las experiencias para poder llegar al punto de ebullición y sustituir a los ilustres por el what you see is what you get. Sin titubeos, hoy día  admito  mis excéntricos gustos que incluyen algunos exponentes de la música urbana, seguir una noticia caliente de un misterioso crimen sin resolver en un polémico programa local de televisión de chismes y la buena comedia.  Sin tapujos, he confesado (ante el horror de muchos) que detesto el jazz y, aunque con algunas excepciones, las películas viejas. Y a pesar de ser fanática de la buena literatura latinoamericana, no logro terminar de leer algunos de los libros de Jorge Luis Borges y Carlos Fuentes aunque devoro en horas los libros de Harry Potter y la saga  de Twilight.  

Un día, no hace mucho, desperté con la convicción de que, a pesar de mi irreverencia, falta de protocolo e impulsividad, soy feliz de ser quien soy. Más importante  ha sido aceptar que la vida no es perfecta para nadie, pero que probablemente esos sinsabores forjaron a la mujer que escribe hoy en día. Cuando me asaltan las dudas, miro a mi hermosa familia, mis numerosas amistades, dentro y fuera de mi patria, y me reafirmo que están ahí por que precisamente quieren más de lo que ven.