sábado, 25 de septiembre de 2010

Amortajados

Arrullé el libro en mis manos por una semana sin saber qué hacer. ¿Rompía o no el hechizo que había ejercido por casi 30 años?

Fue un dilema que se alargó con el paso de los días, ya que no sólo temía deshacer el embrujo, sino revelar la magnitud de mi ingenuidad durante aquellos años. Me acuerdo, cual si fuera hoy, como atormentaba a todos con la insistente pregunta, hilo conductor de la historia de ese preciado y atesorado libro.

Tenía que romper el hechizo urgentemente dado que durante una larga y profunda conversación con un viejo amigo, a quien no veía hacía 15 años, esgrimí una atrevida pregunta usando como ancla el argumento principal del libro: ¿es preciso morir para saber? Luego de nuestro encuentro, intrigado, el fiel admirador de mis preferencias literarias y cinemáticas decidió comprar el libro en una librería cibernética.

Al enterarme, mi primera reacción fue de horror al pensar qué pudiera decir de mí un libro que había leído en una etapa de nuestras vidas que se caracterizaba por la lectura de novelas románticas y pueriles. Fueron los años que eché a un lado los libros de Enid Blyton, Louisa May Alcott, Arthur Conan Doyle, y la colección de Agatha Christie que acumulé en competencia con una prima quien era también una lectora voraz; años que descubrí el potencial quimérico o trágico del amor y el romance de la mano de novelas rosa de bolsillo de escritoras como Barbara Cartland y Emilie Loring, y las escritas por Corín Tellado en las revistas para mujeres. Entre sus lecturas se escurrió esta novela latinoamericana que desde su primera página me sedujo con su lenguaje y la premisa que daría luz al borrascoso túnel de mi vida al pasar de los años.

Rompí el encanto una noche que decidí tomar un descanso de la más reciente biografía de Einstein, la relectura de La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa y la lenta y tediosa historia de la orden de los jesuitas. La emoción era tan inmensa que fue casi un ritual que comenzó con asegurarme de que no habría interrupciones para al menos dedicarle dos horas esa noche. Lo abrí y tirité de emoción cuando leí sus primeras líneas. No importaba que en el libro, que ordené a una librería cibernética al no poder conseguirlo localmente, un estudiante estadounidense hubiese entorpecido su lectura con la traducción al inglés de casi todas las palabras.

Y luego que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos. Oh, un poco, muy poco. Era como si quisiera mirar escondida detrás de sus largas pestañas. A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía. Porque Ella veía, sentía.

Su lenguaje sublime surtió el mismo efecto, aunque mi ojo de lectora y escritora entrenada fuera más sofisticado y su lectura tomara más tiempo por el enarbolado lenguaje y por la necesidad despótica de saborear palabra a palabra su lectura. No pude ocultar mi emoción al reencontrarme con la frase que se convirtió en mi mantra personal - ¿es preciso morir para saber?

Escrita por la chilena María Luisa Bombal, La amortajada marcó un momento maravilloso en mi vida cuando la leí como requisito de un curso de español en la escuela superior. No estaba de moda en aquel entonces admitir que una novela del currículo académico ejerciera tanta magia, así que fueron pocas las personas con las que pude compartir ese descubrimiento. Su exquisita redacción y el desparrame afectivo para hacer aflorar sentimientos me convencieron en aquel entonces de que debería dedicarme a escribir. Recuerdo mi decepción al descubrir que eran pocos los escritos de esta autora que vivió en la casa de Pablo Neruda en Argentina durante dos años en los años 30s.
Su relectura fue reveladora por muchas razones. Lejos de sentir vergüenza profeso orgullo al comprobar que una autora latinoamericana, poco conocida para las nuevas generaciones, tenga aun hoy en día un contundente poder de convocatoria.

Cuando leí La amortajada hace tres décadas estaba resuelta a ser la Jo del libro Mujercitas, pero con el poder seductor de María Luisa Bombal y con mi búsqueda eterna de la verdad, tanto en el plano personal como profesional.
Volver a sumergirme entre las páginas de La amortajada reitera que un escritor diestro puede dar a luz un relato majestuoso e imperecedero en pocas páginas. La única queja al concluir su relectura fue el deseo de conocer más detalles sobre su protagonista, sus hijos y el principal amor de su vida, amor que dio por muerto por largas décadas hasta enterarse de lo contrario desde su lecho de muerte.

¿Qué pasó con el hechizo? Aún vive, palpita. No hay casualidades en la vida y el reencuentro cumple el propósito de refrescar mi misión diaria e imparable de crear, escribir e indagar para no yacer el día final amortajada pero tristemente atormentada por no saber la verdad.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Santa Rita

La carretera a la comunidad está totalmente pavimentada y el viaje en automóvil, desde la ciudad capital, San José, apenas toma cuatro horas.

Es una grata sorpresa pues hace casi un cuarto de siglo para llegar a ese pequeño pueblo rural de Costa Rica había que tomar tres autobuses. El último, un bus escolar amarillo que debería tener en aquel entonces al menos 20 años de uso, transitaba sobre una carretera rústica, sin pavimentar, coronada con un tambaleante puente de hierro.

Sospecho que me esperan varias otras sorpresas al comenzar a divisar casas en frondosos parajes por donde solía caminar con mi mochila a cuestas, y donde no había nada construido o sembrado. Casas amplias y sencillas de concreto ahora se erigen orgullosas sobre sus logros al lado de generosos sembradíos de piñas, yuca y palmito o de modernas polleras. Me pregunto quién vivirá en ellas pero la interrogante se desvanece tan pronto nuestro auto entra oficialmente a mi pueblo, Santa Rita de Río Cuarto.

Santa Rita es el pueblo a donde, hace justamente 24 años, arribé para servir por dos años como Voluntaria del Cuerpo de Paz, y a donde ahora volvía resuelta a pasar al menos dos días, más de las dos horas promedio que le dediqué durante las esporádicas y rápidas visitas en el pasado.

Mis ojos se nublan al ver que el pueblo ya tiene una sucursal bancaria y hasta un cajero automático. Ya no hay apenas un colmadito sino al menos tres, y una conocida cadena de mueblerías y una cooperativa han abierto sucursales. Diviso una verdulería, una carnicería que abre todos los días (no sólo una vez a la semana), una heladería, varias tiendas de ropa, una escuela intermedia y secundaria, un dispensario médico y una oficina dental. A las afueras hay un restaurante de mariscos y hasta se alquilan cabañas a los turistas que llegan seducidos por las bellezas naturales del país centroamericano, una de las dos cunas latinoamericanas de nuestros hijos, Juan Andrés y Ana Carolina.

Hace 24 años la llegada de un carro causaba curiosidad pero nadie repara a ver quién llega en el pequeño carro que se detiene a cada diez pies para mirar con mayor detenimiento a los alrededores. Llego al fin a la casa de la familia que me está esperando. Doña Virgita y Don Víctor, una humilde pareja que, juntos a sus cinco generosos, respetuosos y emprendedores hijos, me adoptó como hija cuando sólo podía ofrendarles mi visita y mi cariño. Gracias a la Internet, me he mantenido en contacto con su hija, Amparo, mi hermana y mi amiga, y nuestra llegada no sorprende. Con la misma alegría, amor y entusiasmo de siempre, a pesar de los problemas familiares que la agobian ese día, Virgita prepara la olla de carne que exigí y que horas más tarde saboreo reconociendo el tiquizque, el chayote, la yuca, la carne de costilla, el culantro y el recao.

Paso dos días visitando a las familias que, para sorpresa de mi compañera de viaje, aún no me han olvidado. Una, la siempre emprendedora Carmela, quien ya no tiene la única tienda de ropa y regalos del pueblo pues es ahora una próspera distribuidora de productos naturales, me prepara su famoso e inigualable bizcocho (queque) y hasta me deja el pegao en el molde para que lo raspe como antaño.

Durante el nostálgico recorrido a pie, justo al frente de la casita de madera que ocupé por dos años, me alcanza con urgencia un pequeño carro y me saluda una mujer quien llorosa recuerda que le enseñé a nadar en el lago y pregunta por la guitarra con la que muchas veces cantaba con ella y sus amigas las pocas canciones que lograba arrancar de entre sus cuerdas. Trato de ocultar la sorpresa al no reconocerla de primera instancia pues una horrible enfermedad ha robado parte de su belleza física.

Todos en el pueblo todavía se acuerdan de las brownies que hacía con una receta que otra voluntaria adaptó a los ingredientes ticos, y las noches en vela preparando los tamales para las fiestas del pueblo. A otros simplemente les enseñé algunas palabras en inglés o los ayudé a sembrar su primer huerto casero. (Una confiesa que vendía parte de la cosecha a sus vecinos). Huerto que yo misma traté de hacer en mi patio para descubrir, horas después de haberlo sembrado sola a pico y pala, que las mujeres no mentían, pues las gallinas del pueblo también habían destruido el mío a las pocas horas de culminar sudorosa mi labor.

Por el camino me topé con varias de las mujeres a las que traté de enseñar lo importante de darles una buena nutrición a sus hijos al complementar la dieta diaria con frutas y vegetales. Dura tarea pues el salario semanal apenas daba para el arroz, los frijoles, la harina para las tortillas de maíz, el café y la leche, y las frutas disponibles eran las que se cosechaban por temporadas en los generosos árboles frutales. Mujeres a las que traté de instruir en cómo hervir periódicamente toda la ropa de cama, las toallas y la indumentaria de toda la familia para deshacerse de los inmisericordes parásitos que afectaban la salud de sus críos. Tarea que desistí de seguir pregonando luego de la primera vez que, rendida ante el picor en mi piel, pasé casi un día completo hirviendo agua en la estufita de gas, exprimiendo, y secando toda esa ropa durante los interludios de los constantes chubascos. Por fin entendí no sólo cuán engorrosa es la tarea sino lo costosa al consumir en unas horas el pequeño tanque de gas cuyo contenido debía rendir varias semanas para muchas familias.

Se corre la voz de mi llegada y Virgita insiste en ir a la casa de una mujer que siempre ha querido conocer a la incansable boricua que caminaba bajo el implacable sol día y noche, de la cual su madre habló por años. El hogar de su madre fue uno en los que, junto a Jennifer, otra voluntaria que vivía en un pueblo cercano, y con quien conocí la región como la palma de mi mano en su motora, construí una cocina de concreto más eficiente en el uso de leña. Los moldes para crear las hornillas eran los troncos de las matas de plátanos que sacábamos a machetazos una vez secaba el concreto.

Al día siguiente lloro en silencio al despedirme de Virgita, Amparo y mi pueblo, con sentimientos encontrados. Me alegra el progreso y ver que los niños que se gradúan de sexto grado ya no tienen que tomar tres buses para ir a la escuela intermedia. (En aquel entonces apenas dos estudiantes hacían el sacrificio. Gracias a la existencia de más alternativas de transporte público por la carretera pavimentada, varios hoy en día pueden cursar estudios universitarios a una hora de distancia).

Me alegra ser testigo del trabajo en abundancia, palpable en el hecho de que casi todas las familias tienen no sólo un camión para transportar sus cosechas agrícolas, sino hasta un carro. Cuando yo viví allí, había si acaso 10 camiones y la llegada de un carro ajeno a la comunidad era todo un acontecimiento. Cuando desde San José me visitaba mi novio tico, hoy mi esposo, me enteraba por algún niño que corría a mi casa para alertarme de su inminente llegada.

La caseta en el centro del pueblo con la operadora y el teléfono público, el único teléfono en aquel entonces a varias millas a la redonda, ya no existe pues todos los hogares tienen teléfonos y es común ver a jóvenes con unidades celulares. Muchas familias también cuentan con computadoras y con Internet.


Ya no se oyen quejas de cómo la comunidad ha sido invadida por Nicaragüenses que, huyendo de la extrema pobreza, buscaron trabajo en la siempre pujante Costa Rica. De hecho, observo en silencio cómo el color de la piel de las nuevas generaciones de mi pueblo es más obscuro, y en los comercios comparten como viejos amigos tanto Nicas como Ticos.

Al partir, suplico a Virgita que acepte mi invitación de traerla a Puerto Rico. Pero a pesar de las invitaciones durante los pasados 20 años, Virgita no accede aunque es evidente que el visitar la tierra de María, Chayanne, Ricky Martin, Calle 13 y Jennifer López le llenaría de orgullo.

Con el progreso ha llegado a mi pueblo la droga, la envidia y los escalamientos. Hace cinco años, Virgita y su esposo vivían separados pues él no podía abandonar su taller de mecánica en el centro del pueblo pues le robaban. Apenas se veían a la hora del almuerzo y la cena pues Víctor debía regresar a vigilar su taller.

Ahora el taller es uno de reparación de gomas y lo tiene en los predios de su hogar. Pero Víctor ha perdido parcialmente la audición y la visión; Virgita no sale de la casa al estar pendiente de que no lo timen o le roben lo poco que tienen. No lo dice, pero intuyo que a pesar de su deseo de independencia, y el mérito que ha ganado todos estos años por jugar un papel clave en echar a su familia adelante, a Virgita le ata el pensar que también debe cuidar de su más pequeño nieto, cuyos padres, como casi todos los de su generación hoy en día, trabajan ambos fuera de la casa. Leo en sus ojos la disputa eterna de muchas mujeres de su generación entre el deber y el hambre por romper con las ataduras. Intuyo su orgullo maternal con mis relatos sobre mis viajes al extranjero como periodista y mis peripecias como madre, esposa y amiga.

El miedo es ahora palpable en Santa Rita. Al dormir, hay que cerrar el carro herméticamente al igual que la casa. En la calurosa noche, al sugerir ir al centro del pueblo a tomar una cerveza fría, insisten en ir en carro por miedo a un asalto en el puente donde se reúnen los tecatos del pueblo.

Su hija, Amparo, es motivo de orgullo. A pesar de los sinsabores de la vida, que le hicieron tener que dejar inconclusos los estudios universitarios, y venir a parir y vivir a un pueblo pequeño, tiene una hermosa casa y, aunque no le gusta reconocerlo, ocupa un puesto importante dentro de la jerarquía del pueblo. Brillante y despierta, todavía añora con vivir en la gran ciudad, donde su hija mayor estudia medicina. Intuyo que se siente en ocasiones estancada en un pueblo donde el prospecto de encontrar a una pareja idónea es escaso para una mujer cuarentona con su inteligencia, intelecto e independencia.

Al regresar le escribo sobre lo orgullosa que debe sentirse por sus logros en un entorno tan difícil y hostil para las mujeres. Atrás quedaron los años que Amparo tenía que caminar más de cuatro millas diarias, bajo un sol inclemente, para ganarse el sustento diario para ella y su hijo mayor, despellejando y descuartizando pollos en la planta procesadora, en aquel entonces la única fuente de empleos para las siempre fajonas mujeres de mi pueblo.

Otra amiga, hija de la inolvidable Doña Cecilia, otra de mis tantas madres ticas, trabaja con una agencia gubernamental en un puesto de mantenimiento. Me alegra oír que por fin cortó con el apuesto y seductor borracho del pueblo. Su atractiva casa es motivo de orgullo y en ella se hospeda la doctora en medicina del pueblo. Luego de más de 30 años de abandonar los estudios en la escuela superior, mi amiga asiste en las noches a la escuela, casi a la par con su hija menor. Por primera vez desde que la conozco mira hacia el futuro con optimismo.

Luego de repartir a diestra y siniestra mi dirección cibernética, parto contenta de haber regresado, de palpar progreso, alegría y esperanza. Pero pecaría si no confesara el que no he dejado de preguntarme si a mi progresiva Santa Rita eventualmente la arroparán otros nefastos efectos del progreso. Sólo el tiempo dirá… y sería injusto desear, desde mi cómodo lado, que discurriera más despacio.