jueves, 23 de diciembre de 2010

Navidad



La reciente lectura  de las cartas que escribía cuando niña a Santa Clós y a los Reyes Magos me ha sumergido en un tortuoso y dulce viaje de recuerdos. Durante la penosa tarea de comenzar a repartir los documentos, las fotos y las cartas que mi mamá meticulosamente guardó toda la vida, me topé con esos escritos. Los primeros fueron redactados por alguno de mis siete hermanos mayores, pero ya a partir de los cinco o seis años es indiscutible que la letra y el urgente tono son míos.

El ejercicio de releerlas me ayudó aclarar un misterio: ¿Por qué el 25 de diciembre y el 6 de enero ya no son lo mismo desde que abandoné el hogar familiar? ¿Por qué me sumía en la melancolía esos días que amanecía sola o, años más tarde, con mi esposo e hijos? ¿Por que la algarabía de ver a nuestros hijos abrir sus regalos con regocijo y expectativa no son  suficientes para llenar ese vacío?

La lectura de las cartas amarillentas y manoseadas fue reveladora y confieso que no pude aguantar el que una que otra lágrima se entremezclara entre el torbellino de recuerdos. A cada carta la envuelve la magia que sólo logra una ilusión y una esperanza que se abriga por doce meses. Cada pedido en la lista es meticuloso y calculado, el resultado de meses en espera por la oportunidad única de poder obtener algunas de las cosas materiales que en nuestra hermosa familia de diez hermanos eran consideradas no esenciales. La lista para Santa Clós daba rienda suelta a los sueños, mientras que la de los Reyes recopilaba cosas necesarias para el próximo semestre escolar, como un par de zapatos y utensilios escolares. Al igual que para muchas otras familias, en aquel entonces la prioridad era una buena educación privada complementada con el acceso a la buena lectura y a vivir con la consciencia de que, no importara la estrechez económica, éramos  afortunados en un país mayoritariamente pobre y, por lo tanto, teníamos una  responsabilidad patriótica de aportar de lo poco que teníamos a nuestra comunidad.

 De adulta no cesa de sorprender cómo mis padres lograban complacernos a todos con nuestros deseos, a pesar de los múltiples e interminables retos económicos durante el año. Hubo veces que mis hermanas menores y yo añadíamos el día antes uno o dos pedidos y estos no faltaban. Ahora me sonrojo al ver que las cartas especificaban a Santa Clós en cuál de las sillas de la sala queríamos recibir los regalos, con la esperanza de que mientras más grande fuera, mayor sería la  cantidad de regalos. (Yo siempre reservaba el sofá de pajilla de la sala).

Para las tres más pequeñas era tradición el 25 de diciembre bajar al mismo tiempo, ataviadas con las pijamas de navidad que mi mamá confeccionaba todos los años, para cada una contar la cantidad de regalos para asegurarnos que a una no le dejaban más que a las otras. (La tradición continúa con mis hijos). Siempre nos acercábamos a la mesa grande del comedor para confirmar que los mágicos señores no habían olvidado a nuestros primos, y se habían despachado el arroz con dulce, o las galletas que le horneamos el día anterior, con el coquito para Santa, y el anís para los Reyes. La yerba desparramada de los camellos no faltaba el 6 de enero y aparecía hasta en sitios tan insólitos como la bañera o el inodoro, lo cual detonaba fantasiosas teorías. En el gigante nacimiento por fin aparecía la figura del niño Jesús, y en el árbol docenas de bastoncitos de menta colocados por los visitantes nocturnos. Ese día, al igual que el domingo de Pascuas, se rompía la prohibición de no comer dulces en la mañana y hurgábamos dentro de las medias navideñas, hechas por mi mamá, para encontrar los chocolates disfrazados de santas y muñecos de nieve.

Con la lectura de las cartas navideñas he descubierto que mi entusiasmo por la lectura comenzó desde pequeña, pues no faltaba el pedido de libros de cuentos en las primeras líneas. Igual mi pasión por hilvanar historias que se ven en el deseo de abonar a mi colección de Barbies con otros personajes, incluso varios Kens, y artículos como el camión de acampar y el traje de flamenco. Sale a relucir mi deseo oculto de ser cantante al pedir un año una guitarra y un cancionero.


Aún recuerdo el día en mi sexto grado cuando una compañera de colegio comenzó a sembrar dudas sobre la existencia de estos seres mágicos. No lo podía creer, pues no me cuadraba que nuestros padres pudieran costear el anual derroche de regalos y ocultar con tanta maestría toda esta fantasía. Alertada por uno de mis hermanos mayores que el dudar impactaría la cantidad de regalos, no me atreví cuestionar.

El peso de esta maravillosa celebración no lo sentí hasta mi primera Navidad sola cuando no pude viajar a mi país a celebrarlo en familia. Sí hubo regalos en el árbol pero algo faltaba. Cuando comencé a trabajar, el sentimiento ya no era el mismo aún con la capacidad de llenar todos los muebles de la sala con numerosos antojos y caprichos. El encanto había desparecido.

Indudable es el poder inmortal que ejerce la combinación de la ilusión y la larga espera, espera que en aquellos años se nos hacía eterna. La conmoción que generaban las sorpresas los días 25 y 6 perduraba la mayor parte del año y abonaba al sentimiento de que existe una estrecha relación entre la perseverancia y la esperanza. Este 25 tendré las cartas a mi lado por si una vez más me asaltan la melancolía y la tristeza.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Ver

Era el día de los abuelos en su colegio y, ante la ausencia de los suyos,  la chica de la casa invitó a dos de sus queridas tías a la actividad escolar. Lo que quizás no se imaginaban era que ese día iba a ser igual de memorable para su madre, aunque no estuviera allí.

En el salón de clases, frente a los abuelos invitados, la maestra de inglés pidió a cada estudiante de séptimo grado que leyera una frase o lección que aprendió de sus abuelos. Comenzó la sarta de frases de próceres de todas las nacionalidades habidas y por haber, además de los proverbios espirituales. Ghandi, Martin Luther King, Hellen Keller, John F. Kennedy, José Martí y Simón Bolívar hicieron su debida aparición y contribución. Hasta que llegó el turno de mi chica de la casa y, a  preguntas de la maestra de cuál enseñanza iba a compartir, ni corta ni perezosa la chica recitó: What you see is what you get (Lo que ves es lo que obtienes).

Sin poder contener su risa, mis hermanas me contaron horas más tarde que el salón de clases ya no fue el mismo, asaltado por las respetuosas carcajadas de los presentes. Cuando a la chica, divertida y orgullosa por la conmoción que creó, le preguntaron quién le enseñó esa filosófica frase, para alivio de sus ruborizadas tías, contestó sin titubeos: “Mi mamá”.

Ni se imaginan lo orgullosa que me sentí con su osada hazaña, aunque hubiese deseado que le asignara esa lección a una de sus tantas maravillosas titis por el lado materno y paterno. La verdad es que la frase es mi mantra y la que cito en mi cuenta de Facebook. Y la noche anterior, cuando la chica me preguntó por ejemplos de frases memorables,  riposté (sin pensarlo mucho, pues estaba loca por concluir la sesión diaria de asignaciones para ir a ver un programa de televisión) what you see is what you get.

La anécdota me hizo pensar que ojalá yo hubiese tenido las agallas a esa edad de decir con tal seguridad lo orgullosa de ser quien soy. Veo a la chica y reflexiono en que no soy la madre más paciente, la mejor cocinera, la alternativa más adecuada para estudiar con ella, pero algo debo haber hecho bien, junto al medio mangó, pues tanto ella como el chico tienen a su disposición  herramientas que muchos de mi generación no tuvimos a sus edades. No dudo que yo a su edad hubiese citado como papagayo a uno de los próceres. Aún recuerdo, por ejemplo, como, durante mi temprana adolescencia, no me atrevía decir que era fanática de cantantes como Sandro, Rafael, Julio iglesias, Rocío Durcal y Marisol; ávida lectora de Agatha Cristie, Enid Blighton, fanática de Mafalda y del Chavo del Ocho, y que aún me gustaba a escondidas hilvanar fantasiosas historias con mis Barbies.

  Fueron muchos los años y las experiencias para poder llegar al punto de ebullición y sustituir a los ilustres por el what you see is what you get. Sin titubeos, hoy día  admito  mis excéntricos gustos que incluyen algunos exponentes de la música urbana, seguir una noticia caliente de un misterioso crimen sin resolver en un polémico programa local de televisión de chismes y la buena comedia.  Sin tapujos, he confesado (ante el horror de muchos) que detesto el jazz y, aunque con algunas excepciones, las películas viejas. Y a pesar de ser fanática de la buena literatura latinoamericana, no logro terminar de leer algunos de los libros de Jorge Luis Borges y Carlos Fuentes aunque devoro en horas los libros de Harry Potter y la saga  de Twilight.  

Un día, no hace mucho, desperté con la convicción de que, a pesar de mi irreverencia, falta de protocolo e impulsividad, soy feliz de ser quien soy. Más importante  ha sido aceptar que la vida no es perfecta para nadie, pero que probablemente esos sinsabores forjaron a la mujer que escribe hoy en día. Cuando me asaltan las dudas, miro a mi hermosa familia, mis numerosas amistades, dentro y fuera de mi patria, y me reafirmo que están ahí por que precisamente quieren más de lo que ven. 

sábado, 25 de septiembre de 2010

Amortajados

Arrullé el libro en mis manos por una semana sin saber qué hacer. ¿Rompía o no el hechizo que había ejercido por casi 30 años?

Fue un dilema que se alargó con el paso de los días, ya que no sólo temía deshacer el embrujo, sino revelar la magnitud de mi ingenuidad durante aquellos años. Me acuerdo, cual si fuera hoy, como atormentaba a todos con la insistente pregunta, hilo conductor de la historia de ese preciado y atesorado libro.

Tenía que romper el hechizo urgentemente dado que durante una larga y profunda conversación con un viejo amigo, a quien no veía hacía 15 años, esgrimí una atrevida pregunta usando como ancla el argumento principal del libro: ¿es preciso morir para saber? Luego de nuestro encuentro, intrigado, el fiel admirador de mis preferencias literarias y cinemáticas decidió comprar el libro en una librería cibernética.

Al enterarme, mi primera reacción fue de horror al pensar qué pudiera decir de mí un libro que había leído en una etapa de nuestras vidas que se caracterizaba por la lectura de novelas románticas y pueriles. Fueron los años que eché a un lado los libros de Enid Blyton, Louisa May Alcott, Arthur Conan Doyle, y la colección de Agatha Christie que acumulé en competencia con una prima quien era también una lectora voraz; años que descubrí el potencial quimérico o trágico del amor y el romance de la mano de novelas rosa de bolsillo de escritoras como Barbara Cartland y Emilie Loring, y las escritas por Corín Tellado en las revistas para mujeres. Entre sus lecturas se escurrió esta novela latinoamericana que desde su primera página me sedujo con su lenguaje y la premisa que daría luz al borrascoso túnel de mi vida al pasar de los años.

Rompí el encanto una noche que decidí tomar un descanso de la más reciente biografía de Einstein, la relectura de La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa y la lenta y tediosa historia de la orden de los jesuitas. La emoción era tan inmensa que fue casi un ritual que comenzó con asegurarme de que no habría interrupciones para al menos dedicarle dos horas esa noche. Lo abrí y tirité de emoción cuando leí sus primeras líneas. No importaba que en el libro, que ordené a una librería cibernética al no poder conseguirlo localmente, un estudiante estadounidense hubiese entorpecido su lectura con la traducción al inglés de casi todas las palabras.

Y luego que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos. Oh, un poco, muy poco. Era como si quisiera mirar escondida detrás de sus largas pestañas. A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía. Porque Ella veía, sentía.

Su lenguaje sublime surtió el mismo efecto, aunque mi ojo de lectora y escritora entrenada fuera más sofisticado y su lectura tomara más tiempo por el enarbolado lenguaje y por la necesidad despótica de saborear palabra a palabra su lectura. No pude ocultar mi emoción al reencontrarme con la frase que se convirtió en mi mantra personal - ¿es preciso morir para saber?

Escrita por la chilena María Luisa Bombal, La amortajada marcó un momento maravilloso en mi vida cuando la leí como requisito de un curso de español en la escuela superior. No estaba de moda en aquel entonces admitir que una novela del currículo académico ejerciera tanta magia, así que fueron pocas las personas con las que pude compartir ese descubrimiento. Su exquisita redacción y el desparrame afectivo para hacer aflorar sentimientos me convencieron en aquel entonces de que debería dedicarme a escribir. Recuerdo mi decepción al descubrir que eran pocos los escritos de esta autora que vivió en la casa de Pablo Neruda en Argentina durante dos años en los años 30s.
Su relectura fue reveladora por muchas razones. Lejos de sentir vergüenza profeso orgullo al comprobar que una autora latinoamericana, poco conocida para las nuevas generaciones, tenga aun hoy en día un contundente poder de convocatoria.

Cuando leí La amortajada hace tres décadas estaba resuelta a ser la Jo del libro Mujercitas, pero con el poder seductor de María Luisa Bombal y con mi búsqueda eterna de la verdad, tanto en el plano personal como profesional.
Volver a sumergirme entre las páginas de La amortajada reitera que un escritor diestro puede dar a luz un relato majestuoso e imperecedero en pocas páginas. La única queja al concluir su relectura fue el deseo de conocer más detalles sobre su protagonista, sus hijos y el principal amor de su vida, amor que dio por muerto por largas décadas hasta enterarse de lo contrario desde su lecho de muerte.

¿Qué pasó con el hechizo? Aún vive, palpita. No hay casualidades en la vida y el reencuentro cumple el propósito de refrescar mi misión diaria e imparable de crear, escribir e indagar para no yacer el día final amortajada pero tristemente atormentada por no saber la verdad.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Santa Rita

La carretera a la comunidad está totalmente pavimentada y el viaje en automóvil, desde la ciudad capital, San José, apenas toma cuatro horas.

Es una grata sorpresa pues hace casi un cuarto de siglo para llegar a ese pequeño pueblo rural de Costa Rica había que tomar tres autobuses. El último, un bus escolar amarillo que debería tener en aquel entonces al menos 20 años de uso, transitaba sobre una carretera rústica, sin pavimentar, coronada con un tambaleante puente de hierro.

Sospecho que me esperan varias otras sorpresas al comenzar a divisar casas en frondosos parajes por donde solía caminar con mi mochila a cuestas, y donde no había nada construido o sembrado. Casas amplias y sencillas de concreto ahora se erigen orgullosas sobre sus logros al lado de generosos sembradíos de piñas, yuca y palmito o de modernas polleras. Me pregunto quién vivirá en ellas pero la interrogante se desvanece tan pronto nuestro auto entra oficialmente a mi pueblo, Santa Rita de Río Cuarto.

Santa Rita es el pueblo a donde, hace justamente 24 años, arribé para servir por dos años como Voluntaria del Cuerpo de Paz, y a donde ahora volvía resuelta a pasar al menos dos días, más de las dos horas promedio que le dediqué durante las esporádicas y rápidas visitas en el pasado.

Mis ojos se nublan al ver que el pueblo ya tiene una sucursal bancaria y hasta un cajero automático. Ya no hay apenas un colmadito sino al menos tres, y una conocida cadena de mueblerías y una cooperativa han abierto sucursales. Diviso una verdulería, una carnicería que abre todos los días (no sólo una vez a la semana), una heladería, varias tiendas de ropa, una escuela intermedia y secundaria, un dispensario médico y una oficina dental. A las afueras hay un restaurante de mariscos y hasta se alquilan cabañas a los turistas que llegan seducidos por las bellezas naturales del país centroamericano, una de las dos cunas latinoamericanas de nuestros hijos, Juan Andrés y Ana Carolina.

Hace 24 años la llegada de un carro causaba curiosidad pero nadie repara a ver quién llega en el pequeño carro que se detiene a cada diez pies para mirar con mayor detenimiento a los alrededores. Llego al fin a la casa de la familia que me está esperando. Doña Virgita y Don Víctor, una humilde pareja que, juntos a sus cinco generosos, respetuosos y emprendedores hijos, me adoptó como hija cuando sólo podía ofrendarles mi visita y mi cariño. Gracias a la Internet, me he mantenido en contacto con su hija, Amparo, mi hermana y mi amiga, y nuestra llegada no sorprende. Con la misma alegría, amor y entusiasmo de siempre, a pesar de los problemas familiares que la agobian ese día, Virgita prepara la olla de carne que exigí y que horas más tarde saboreo reconociendo el tiquizque, el chayote, la yuca, la carne de costilla, el culantro y el recao.

Paso dos días visitando a las familias que, para sorpresa de mi compañera de viaje, aún no me han olvidado. Una, la siempre emprendedora Carmela, quien ya no tiene la única tienda de ropa y regalos del pueblo pues es ahora una próspera distribuidora de productos naturales, me prepara su famoso e inigualable bizcocho (queque) y hasta me deja el pegao en el molde para que lo raspe como antaño.

Durante el nostálgico recorrido a pie, justo al frente de la casita de madera que ocupé por dos años, me alcanza con urgencia un pequeño carro y me saluda una mujer quien llorosa recuerda que le enseñé a nadar en el lago y pregunta por la guitarra con la que muchas veces cantaba con ella y sus amigas las pocas canciones que lograba arrancar de entre sus cuerdas. Trato de ocultar la sorpresa al no reconocerla de primera instancia pues una horrible enfermedad ha robado parte de su belleza física.

Todos en el pueblo todavía se acuerdan de las brownies que hacía con una receta que otra voluntaria adaptó a los ingredientes ticos, y las noches en vela preparando los tamales para las fiestas del pueblo. A otros simplemente les enseñé algunas palabras en inglés o los ayudé a sembrar su primer huerto casero. (Una confiesa que vendía parte de la cosecha a sus vecinos). Huerto que yo misma traté de hacer en mi patio para descubrir, horas después de haberlo sembrado sola a pico y pala, que las mujeres no mentían, pues las gallinas del pueblo también habían destruido el mío a las pocas horas de culminar sudorosa mi labor.

Por el camino me topé con varias de las mujeres a las que traté de enseñar lo importante de darles una buena nutrición a sus hijos al complementar la dieta diaria con frutas y vegetales. Dura tarea pues el salario semanal apenas daba para el arroz, los frijoles, la harina para las tortillas de maíz, el café y la leche, y las frutas disponibles eran las que se cosechaban por temporadas en los generosos árboles frutales. Mujeres a las que traté de instruir en cómo hervir periódicamente toda la ropa de cama, las toallas y la indumentaria de toda la familia para deshacerse de los inmisericordes parásitos que afectaban la salud de sus críos. Tarea que desistí de seguir pregonando luego de la primera vez que, rendida ante el picor en mi piel, pasé casi un día completo hirviendo agua en la estufita de gas, exprimiendo, y secando toda esa ropa durante los interludios de los constantes chubascos. Por fin entendí no sólo cuán engorrosa es la tarea sino lo costosa al consumir en unas horas el pequeño tanque de gas cuyo contenido debía rendir varias semanas para muchas familias.

Se corre la voz de mi llegada y Virgita insiste en ir a la casa de una mujer que siempre ha querido conocer a la incansable boricua que caminaba bajo el implacable sol día y noche, de la cual su madre habló por años. El hogar de su madre fue uno en los que, junto a Jennifer, otra voluntaria que vivía en un pueblo cercano, y con quien conocí la región como la palma de mi mano en su motora, construí una cocina de concreto más eficiente en el uso de leña. Los moldes para crear las hornillas eran los troncos de las matas de plátanos que sacábamos a machetazos una vez secaba el concreto.

Al día siguiente lloro en silencio al despedirme de Virgita, Amparo y mi pueblo, con sentimientos encontrados. Me alegra el progreso y ver que los niños que se gradúan de sexto grado ya no tienen que tomar tres buses para ir a la escuela intermedia. (En aquel entonces apenas dos estudiantes hacían el sacrificio. Gracias a la existencia de más alternativas de transporte público por la carretera pavimentada, varios hoy en día pueden cursar estudios universitarios a una hora de distancia).

Me alegra ser testigo del trabajo en abundancia, palpable en el hecho de que casi todas las familias tienen no sólo un camión para transportar sus cosechas agrícolas, sino hasta un carro. Cuando yo viví allí, había si acaso 10 camiones y la llegada de un carro ajeno a la comunidad era todo un acontecimiento. Cuando desde San José me visitaba mi novio tico, hoy mi esposo, me enteraba por algún niño que corría a mi casa para alertarme de su inminente llegada.

La caseta en el centro del pueblo con la operadora y el teléfono público, el único teléfono en aquel entonces a varias millas a la redonda, ya no existe pues todos los hogares tienen teléfonos y es común ver a jóvenes con unidades celulares. Muchas familias también cuentan con computadoras y con Internet.


Ya no se oyen quejas de cómo la comunidad ha sido invadida por Nicaragüenses que, huyendo de la extrema pobreza, buscaron trabajo en la siempre pujante Costa Rica. De hecho, observo en silencio cómo el color de la piel de las nuevas generaciones de mi pueblo es más obscuro, y en los comercios comparten como viejos amigos tanto Nicas como Ticos.

Al partir, suplico a Virgita que acepte mi invitación de traerla a Puerto Rico. Pero a pesar de las invitaciones durante los pasados 20 años, Virgita no accede aunque es evidente que el visitar la tierra de María, Chayanne, Ricky Martin, Calle 13 y Jennifer López le llenaría de orgullo.

Con el progreso ha llegado a mi pueblo la droga, la envidia y los escalamientos. Hace cinco años, Virgita y su esposo vivían separados pues él no podía abandonar su taller de mecánica en el centro del pueblo pues le robaban. Apenas se veían a la hora del almuerzo y la cena pues Víctor debía regresar a vigilar su taller.

Ahora el taller es uno de reparación de gomas y lo tiene en los predios de su hogar. Pero Víctor ha perdido parcialmente la audición y la visión; Virgita no sale de la casa al estar pendiente de que no lo timen o le roben lo poco que tienen. No lo dice, pero intuyo que a pesar de su deseo de independencia, y el mérito que ha ganado todos estos años por jugar un papel clave en echar a su familia adelante, a Virgita le ata el pensar que también debe cuidar de su más pequeño nieto, cuyos padres, como casi todos los de su generación hoy en día, trabajan ambos fuera de la casa. Leo en sus ojos la disputa eterna de muchas mujeres de su generación entre el deber y el hambre por romper con las ataduras. Intuyo su orgullo maternal con mis relatos sobre mis viajes al extranjero como periodista y mis peripecias como madre, esposa y amiga.

El miedo es ahora palpable en Santa Rita. Al dormir, hay que cerrar el carro herméticamente al igual que la casa. En la calurosa noche, al sugerir ir al centro del pueblo a tomar una cerveza fría, insisten en ir en carro por miedo a un asalto en el puente donde se reúnen los tecatos del pueblo.

Su hija, Amparo, es motivo de orgullo. A pesar de los sinsabores de la vida, que le hicieron tener que dejar inconclusos los estudios universitarios, y venir a parir y vivir a un pueblo pequeño, tiene una hermosa casa y, aunque no le gusta reconocerlo, ocupa un puesto importante dentro de la jerarquía del pueblo. Brillante y despierta, todavía añora con vivir en la gran ciudad, donde su hija mayor estudia medicina. Intuyo que se siente en ocasiones estancada en un pueblo donde el prospecto de encontrar a una pareja idónea es escaso para una mujer cuarentona con su inteligencia, intelecto e independencia.

Al regresar le escribo sobre lo orgullosa que debe sentirse por sus logros en un entorno tan difícil y hostil para las mujeres. Atrás quedaron los años que Amparo tenía que caminar más de cuatro millas diarias, bajo un sol inclemente, para ganarse el sustento diario para ella y su hijo mayor, despellejando y descuartizando pollos en la planta procesadora, en aquel entonces la única fuente de empleos para las siempre fajonas mujeres de mi pueblo.

Otra amiga, hija de la inolvidable Doña Cecilia, otra de mis tantas madres ticas, trabaja con una agencia gubernamental en un puesto de mantenimiento. Me alegra oír que por fin cortó con el apuesto y seductor borracho del pueblo. Su atractiva casa es motivo de orgullo y en ella se hospeda la doctora en medicina del pueblo. Luego de más de 30 años de abandonar los estudios en la escuela superior, mi amiga asiste en las noches a la escuela, casi a la par con su hija menor. Por primera vez desde que la conozco mira hacia el futuro con optimismo.

Luego de repartir a diestra y siniestra mi dirección cibernética, parto contenta de haber regresado, de palpar progreso, alegría y esperanza. Pero pecaría si no confesara el que no he dejado de preguntarme si a mi progresiva Santa Rita eventualmente la arroparán otros nefastos efectos del progreso. Sólo el tiempo dirá… y sería injusto desear, desde mi cómodo lado, que discurriera más despacio.